29/julio/2026
Necesitamos el “hesed” de Dios.
🔵 Publicado originalmente en mi grupo de Facebook: La Caverna del Profeta®
Les cuento que hoy me desperté con la mente llena de preocupaciones y me sentía un poco abrumada. Apenas pude orar por unos minutos, hablándole a mi SEÑOR JESUCRISTO y explicándole exactamente cómo me sentía —aunque a veces es difícil expresar con palabras exactas el peso de lo que uno lleva por dentro—.
Después de prepararme para el día, me dirigí a la cocina a guardar unos trastes que había fregado la noche anterior, para así comenzar a preparar mi desayuno.
Luego de terminar todo, me animé a buscar mi Biblia y a orar mientras organizaba ese rincón tan especial para mí, le llamo la esquina de «tú a tú» con mi SEÑOR JESUCRISTO.
Aprendí de cómo Moisés apartaba un lugar fuera del campamento para encontrarse con Dios —tal como leemos en Éxodo 33:7—, busqué ese espacio de intimidad para refugiarme en Su presencia y conversar con Él como un amigo.
Leamos:
Éxodo 33:7 (NTV)
Moisés tenía la costumbre de armar la carpa de reunión a cierta distancia del campamento y toda persona que quería hacer alguna petición al Señor iba a la carpa de reunión que estaba fuera del campamento.
Tomé mi Biblia de letras grandes... sí, de letras grandes, porque a mis 56 años de edad la vista ya se cansa de esforzarse con letras tan pequeñas.
Mientras continuaba en comunión con mi SEÑOR, el Espíritu Santo me guió a leer el Salmo 50, y así lo hice.
Casi terminando de leer el salmo escuché la voz de mi Salvador, JESÚS de Nazaret, reconociendo su voz audible que me decía: «Ven, abre tu libreta», guiándome directamente a mi libreta de anotaciones número 12, en la página 56.
Allí escribí lo siguiente:
4 de julio de 2026
Visión:
Si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe (2 Corintios 12:2-3).
De repente, me encontraba en un lugar muy oscuro, sentada directamente en el piso. En ese espacio, como si se tratara de una película proyectada por partes, comencé a percibir a la lejanía voces de personas llorando; estaban sumidas en una profunda y pesada tristeza que parecía congelar el aire. No era solo llantos, era una angustia que oprimía el pecho, un desánimo tan espeso que nublaba cualquier destello de paz.
Pude ver, como en escenas fragmentadas, a personas discutiendo acaloradamente, escuchando voces invisibles que incitaban al odio y a la discordia. Vi matrimonios quebrantados peleando sin tregua, mientras sus hijos y familiares sufrían en medio de ese fuego cruzado, desamparados y con el corazón roto.
De pronto, en medio de aquella visión, vi el Muro de los Lamentos de Israel. Allí, ante aquella imponente estructura de piedra, se encontraba un pequeño grupo de judíos vestidos de negro; eran hombres acompañados por sus familias. En sus manos, cada uno sostenía un sidur —su libro de oraciones— junto con su talit (el mantón sagrado).
De repente, vi un acto que me conmovió el alma: cada hombre tomó de la mano a los suyos y, extendiendo el talit, comenzaron a cubrir a su familia bajo su sombra. Estaban intercediendo con un fervor inmenso; oraban con furor y un profundo clamor ante el muro. Algunos lloraban desconsoladamente, mientras otros se arrodillaban y se tiraban al piso, cubriendo sus rostros en una entrega total a Elohim.
Escuché claramente que oraban en hebreo, y en medio de ese clamor, hubo una palabra que se grabó en mi mente: Jesed (hesed). Al buscar qué significaba, entendí que se trataba de la misericordia más profunda, de esa gracia, amor leal y bondad inagotable con la que Dios sostiene a los suyos, incluso en los momentos más oscuros.
Luego vi cómo se seguían uniendo más y más judíos con sus esposas e hijos, sumándose a la intercesión. En el ambiente ya no solo eran susurros, se escuchaba una multitud entera pidiendo misericordia.
En medio de toda aquella oscuridad, vi a la distancia una luz tan brillante y tan hermosa, vestida de colores que no existen en este mundo ni alcanzan las palabras para describir. En ese instante, sentí cómo mi alma se regocijaba de alegría; era un gozo profundo, como si mi ser entero reconociera de inmediato aquella presencia majestuosa.
No hay lenguaje humano suficiente para abarcarlo, pero era la presencia viva del Creador, de Elohim, de mi SEÑOR. Allí, resplandeciendo en medio de las tinieblas más espesas, se manifestaba la gloria y la presencia inconfundible del Cordero.
Cuando comencé a plasmar todo esto en mis anotaciones, vino de pronto a mi memoria el relato del pecado de idolatría del becerro de oro. El Espíritu Santo me guió con precisión a dos pasajes bíblicos:
Éxodo 34:6-7 y Miqueas 7:18-19.
Leamos:
Éxodo 34:6-7 (RVR1960)
Y pasando Jehová por delante de él, proclamó: ¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad;7 que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación.
Miqueas 7:18-19 (RVR1960)
¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia. 19 Él volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados.
Al meditar en ello, comprendí el porqué de esta conexión con la visión. Comprendí que la palabra Jesed que había resonado en medio del clamor, se relaciona con las palabras que Dios proclamó a Moisés, en el contexto posterior, después de que el pueblo le fallara de la peor manera, revelando el Dios de Israel su gracia y misericordia inagotable, en medio de la manifestación de su ira en contra de los malos.
Tomando como referencia la opinión de ciertos teólogos y profundizando en la Escritura desde una perspectiva reformada, pude comprender que el ser humano, actuando motivados por su propio consejo, caminan en tinieblas y división —tal como lo vi en la visión—.
Pero la respuesta de Dios nunca es el abandono, sino Su pacto de amor leal. Esa luz brillante y majestuosa del Cordero que disipó la oscuridad es la gracia soberana de Cristo que interviene, perdonando nuestros pecados y arrojándolos a lo profundo del mar, recordándonos que Su misericordia es la única que puede rescatar al hombre perdido.
Cristo es la encarnación viva de ese Jesed, de ese amor leal del Padre del que hablan las Escrituras.
Efesios 2:4-5 (RVR1960)
Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos),
Así como vi a aquellas familias cubiertas bajo el talit pidiendo misericordia, entendí que hoy, a través de Jesucristo, se nos invita a acercarnos confiadamente al trono de la gracia, tal como nos anima
Hebreos 4:16:
«Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro».
No hay rincón tan oscuro, ni corazón tan quebrantado que no pueda ser alcanzado por Su rescate. Aquella luz brillante que disipó las tinieblas que vi en la visión es la prueba viva de que nuestro Salvador, Jesús de Nazaret, es la única esperanza que sostiene, perdona y transforma a los hombres y mujeres según su propósito eterno.
Gracia y paz.
Autoría:
María Izabel Mestre
Profetisa de Yom Teruah Ministries®
La Caverna del Profeta®
Pentecostales Reformados
Carolina, Puerto Rico
profetamariaimestre@gmail.com

No hay comentarios.:
Publicar un comentario